Trabajo y empleo de las mujeres en Europa

2.7 La división sexual del trabajo doméstico y familiar

2.7.1. La asignación prioritaria de las mujeres a las responsabilidades domésticas

Como venimos observando ya en el presente estudio, el reparto del trabajo llamado "doméstico" representa una de las claves de la actividad femenina, tanto del punto de vista conceptual como de la realidad cotidiana de las mujeres europeas. Las diferencias entre las tasas y las modalidades de actividad profesionales de hombres y mujeres en gran parte se explican por un fenómeno insoslayable: la asignación prioritaria de las mujeres a la esfera doméstica. Si bien es verdad que la fuerza de dicha asignación varía según las épocas y sociedades, constituye, empero, uno de los rasgos determinantes que permite observar una convergencia de las experiencias femeninas más allá de las variaciones o particularidades nacionales.

Cabe relacionar el hecho de atribuir las responsabilidades domésticas y familiares a los individuos de sexo femenino con la ideología de las "esferas separadas" que define los ámbitos de competencia distintos para hombres y mujeres. Huelga decir que dicha separación saca su justificación del modelo dicotómico de las categorías sexuales que se impone en las sociedades europeas precisamente cuando el auge de la producción industrial introduce una nueva distinción entre el lugar del ejercicio de una actividad laboral (la fábrica) y el lugar de reproducción de las fuerzas de trabajo (el hogar). Dicha asignación origina pues la imposición del modelo social del "hombre suministrador principal de recursos". Excluidas durante décadas, so pretexto de su "inferioridad natural", de las posiciones más valoradas del mercado laboral, a las mujeres se las ha animado a desarrollar "capacidades especificas" para que las aplicaran en la esfera llamada "privada" a través de sus papeles de madres y de esposas. Así es como las mujeres ganaron el derecho a la instrucción gracias a la enseñanza de las artes domésticas que se desarrolló en los países industrializados a lo largo del siglo XIX. Lejos de inspirarse en un afán de promover la igualdad entre los sexos, el acceso de las jóvenes a la enseñanza se debe ante todo a la preocupación por inculcar conocimientos prácticos y propios de las cargas familiares y domésticas que les estaban reservadas a las futuras madres (es decir a las madres de los futuros ciudadanos).

Cuadro 13: Proporción en Europa de hombres que no se encargan de ninguna tarea doméstica, según sus propias declaraciones y las de sus cónyuges, 1990

 

 

País

 

Según los hombres mismos

 

Según sus cónyuges

Alemania (Este)

42.7%

62.7%

Alemania (Oeste)

60.7%

71.1%

Bélgica

60.8%

61.0%

Dinamarca

51.1%

47.5%

España

76.6%

79.7%

Finlandia    
Francia

58.4%

60.7%

Grecia

47.2%

49.8%

Irlanda

84.0%

31.9%

Italia

55.6%

60.2%

Luxemburgo

58.9%

64.9%

Noruega    
Países Bajos

45.7%

46.2%

Portugal

71.9%

69.3%

Reino Unido

74.2%

70.6%

E12

61.6%

65.4%

Fuente: Kempeneers, M. y Lelièvre, E. "Familles et emploi dans l'Europe des Douze", Eurobarometro 34: Modos de vida en la CE, Informe, diciembre de 1991.

Cuadro 14: Naturaleza de las tareas domésticas efectuadas (de vez en cuando) por los hombres que "hacen algo" en casa, según sus cónyuges, UE, 1990

 

 País

Mercado/ Compra

 Fregar los platos

Llevar a los niños

Vestir a los niños

Guisar

Limpiar la casa

Alemania (Este)

64%

53%

48%

27%

23%

27%

Alemania (Oeste)

70%

46%

30%

21%

22%

34%

Bélgica

49%

55%

35%

26%

29%

29%

Dinamarca

39%

55%

23%

32%

36%

26%

España

48%

25%

42%

57%

30%

29%

Finlandia            
Francia

48%

48%

49%

38%

37%

35%

Grecia

91%

16%

16%

22%

20%

13%

Irlanda

16%

18%

72%

14%

10%

7%

Italia

69%

5%

39%

30%

23%

12%

Noruega            
Países

Bajos

53%

66%

6%

28%

28%

34%

Portugal

75%

37%

36%

35%

39%

26%

Reino Unido

51%

72%

26%

37%

48%

42%

E12

59%

42%

35%

31%

30%

29%

Fuente: Kempeneers, M. y Lelièvre, E. "Familles et emploi dans l'Europe des Douze", Eurobarometro 34: Modos de vida en la CE, Informe, diciembre de 1991.

Las carreras educativas reservadas a las mujeres hasta mediados del siglo XX no perseguían ningún objetivo profesional. Correspondían a la preocupación por una codificación y racionalización del trabajo efectuado por las mujeres no en el marco de un contrato de trabajo sino de matrimonio. Las investigaciones llevadas a cabo sobre dicho fenómeno ilustran los efectos perversos de dicho proceso de manera muy clara. A pesar de los avances técnicos en el campo del trabajo doméstico (difusión de lavadoras, calefacción central, platos precocinados, etc.), sigue representando una suma de horas de trabajo superior al tiempo dedicado a la actividad profesional, tal como lo subrayan Chadeau y Fouquet (1981). De hecho, dicho fenómeno se explica por la transformación constante de las normas en el campo de la actividad doméstica. De manera general, cualquier avance en la mecanización de las tareas domésticas más pesadas corrió pareja a una transformación concomitante de las exigencias sociales para con las mujeres. Así pues, el tiempo "ganado" en ciertos aspectos del trabajo doméstico se recupera rápidamente a través de nuevas responsabilidades, especialmente en lo que atañe a la inversión de las mujeres en la conservación de la estabilidad relacional y la promoción del completo desarrollo afectivo de cada uno de los miembros del grupo familiar.

Así pues, es importante destacar que el trabajo doméstico no sólo remite a la realización de una serie de "tareas" (más o menos ingratas y repetitivas según los casos). Dicho trabajo implica también capacidades de "gestión" y de sincronización del trabajo a realizar en función de las necesidades y ritmos temporales específicos de cada miembro del hogar. Mientras que es factible "medir" con más o menos precisión el tiempo dedicado a las distintas tareas domésticas, la "carga mental" que suponen gestionar y armonizarlas en el tiempo y el espacio escapa con creces al análisis científico. Ahora bien, a parte de la cuestión de un eventual "reparto" más igualitario del trabajo doméstico entre hombres y mujeres, es dicha "carga mental" la que sigue recayendo casi exclusivamente en las mujeres.

2.7.2. La débil participación de los hombres en el trabajo doméstico

Es pues a la luz de dicha dimensión invisible del trabajo doméstico que conviene analizar la participación de los hombres en el trabajo doméstico en Europa. Tal como demuestra el cuadro 13, existe una gran diversidad entre los distintos países al respecto. Así es que si casi el 80% de las mujeres españolas declaran que su cónyuge no realiza ninguna tarea doméstica, dicha afirmación corresponde sólo al 47,5% de las danesas.

Sin embargo, algunos resultados de dicho cuadro nos dejan perplejas. En Dinamarca, el Reino Unido y sobre todo en Irlanda, los hombres declaran con más frecuencia que sus cónyuges no efectúan ninguna tarea doméstica, mientras que en el conjunto de los demás países las mujeres tienden más bien a quejarse más de la no participación de sus cónyuges comparado con la declaración de ellos... Es de pensar que fuera de las prácticas individuales reales difíciles de controlar dado el carácter esencialmente "privado" del espacio en el cual dichas tareas se llevan a cabo, dichas declaraciones reflejan también, por lo menos en parte, el sistema de valores sobre los roles respectivos de hombres y mujeres imperante en cada uno de los países contemplados. Así, en la mayoría de los países, parece que las mujeres valoran positivamente la imagen de un cónyuge "que ayuda" y por lo tanto sobrevaloran la participación real de sus cónyuges en la esfera doméstica. En cambio, en otros, los hombres tienden más bien a desmarcarse de las prácticas mayoritariamente definidas como "femeninas", aunque a la hora de la verdad sí estan dispuestos a echar una mano lejos de las miradas indiscretas.

Lo cierto es que dichos datos nos alejan mucho de la imagen del "hombre nuevo" que ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos años. Las dos terceras partes de los hombres europeos siguen dejando exclusivamente en las mujeres (su madre, hermana, esposa o compañera) la carga del conjunto de las tareas cotidianas. Por supuesto dicho reparto desigual del trabajo doméstico no deja de influir en la disponibilidad de las mujeres en la esfera profesional. Sin embargo, conviene matizar. Es evidente que no es necesariamente en los países con tasas de actividad femenina más elevadas donde el porcentaje de participación masculina en el trabajo doméstico es mayor.

Para captar mejor la naturaleza del reparto sexual del trabajo doméstico en cada contexto nacional, conviene rebasar el análisis dicotómico (participa/no participa) y mirar más detalladamente la naturaleza de las tareas asumidas por la minoría de hombres que ayudan en el trabajo doméstico. Dicha pormenorización es cuanto más necesaria que el peso de las distintas tareas domésticas sobre el tiempo de los individuos varía de manera considerable. Por ejemplo, algunos componentes del trabajo doméstico remiten a prácticas cotidianas imprescindibles, mientras que otros revisten menor importancia o se realizan con menor frecuencia.

El cuadro 14 nos permite entender una de las características destacadas de la participación masculina en el trabajo doméstico en Europa, a saber una tendencia a evitar las tareas más exigentes y a privilegiar las que se desarrollan fuera de los límites del espacio doméstico y familiar. Así es como casi un 60% de los hombres que participan de vez en cuando en el trabajo doméstico se encargan de la compra (actividad que por otra parte les permite "manejar los cuartos" directamente), mientras que apenas un 30% de los hombres ayudan de vez en cuando para limpiar la casa o guisar.

También observamos el carácter "puntual" de la participación masculina, de modo que las mujeres siguen siendo responsables del buen funcionamiento de la organización doméstica. Dicha ayuda puede ser acordada (o denegada) en función de la (buena) voluntad de los hombres, ya que su legitimidad se arraiga fuera del espacio doméstico mientras que las mujeres no sólo se enfrentan con la gran mayoría de las tareas, sino que también tienen que "coordinar" la ayuda que los distintos miembros de la familia son susceptibles de aportarles de vez en cuando.

Cabe recalcar que dicho trabajo de gestión doméstica se asume incluso por las categorías más privilegiadas de las mujeres al respecto, a saber las que cobran bastante para poder contratar a alguien del exterior (en general a otra mujer) que se encargue de parte de las tareas domésticas que la sociedad les asigna. Lo cierto es que es el análisis mismo de dichas prácticas lo que permite entender toda la importancia de la asignación prioritaria de las mujeres a las responsabilidades domésticas y familiares. Aunque en general las mujeres cobran sueldos inferiores a los de los hombres, tienden más que los hombres a dedicar parte de su salario a la contratación de una persona de fuera que se encargue de parte de las tareas domésticas o de cuidar de los pequeños. Dicho reparto desigual de los gastos relacionados con el buen funcionamiento de la vida familiar permite entender hasta que punto se considera a las mujeres (y a veces así se consideran ellas mismas) únicas responsables del trabajo doméstico y de cuidar a los niños. La actividad profesional puede también ser experimentada como algo que les impide cumplir correctamente con su trabajo e intentan limitar las consecuencias para su entorno - sacrificando el poco tiempo libre del que disponen para efectuar este trabajo ellas mismas o asumiendo personalmente el gasto financiero de su "sustitución" más o menos puntual.