Las mujeres y la Historia de Europa

1.4 Las políticas de las mujeres. El movimiento feminista

Toda palabra tiene una historia y "feminismo" también la tiene. Es frecuente encontrar referencias a las definiciones de finales del siglo XIX contenidas en algunos diccionarios, como el de Oxford que habla de feminismo equiparado a feminidad, como el estado de ser femenina. Sin embargo, este concepto, acuñado en Francia, es, al menos desde los años 90 del siglo pasado, un término que se identifica con el movimiento político y reivindicativo de las mujeres. En España, el Diccionario de la Real Academia, define el feminismo como: "doctrina social que concede a la mujer capacidad y derechos reservados hasta ahora a los hombres"; Todas las mujeres europeas reconocemos como uno el movimiento feminista. No obstante, las diferencias políticas o geográficas han generado diversas experiencias que es imposible resumir aquí. Por ello, intentaremos señalar las principales líneas de construcción teórica y de acción colectiva, singularizando aquellos casos que nos parezcan de interés. (OFFEN, 1991)

La historiografía fija en la primera mitad del siglo XIX, el inicio del feminismo como movimiento colectivo, pero su arranque debe retrotraerse hasta el último tercio del siglo XVIII. Es entonces cuando se une la elaboración teórica con una organización política que permite oponerse activamente a leyes, juicios etc. No obstante, el feminismo ha venido en los últimos años recuperando una pléyade de mujeres que se opusieron a la "tiranía masculina". Adrienne Rich ha acuñado el término "feministas de acción", para todas aquellas mujeres que en toda sociedad y cultura se han opuesto a esta hegemonía.

Pero junto a ellas ha habido otras mujeres que el feminismo ha definido no ya como sus predecesoras sino como feministas de pro. Me refiero al conjunto de mujeres, casi todas ilustradas, letradas y de clase superior, que a lo largo de los siglos XV-XVIII escribieron y se opusieron con las armas del intelecto a la profunda corriente misógina que desde la Baja Edad Media, hizo aún más escarnio en las mujeres que en los siglos precedentes. Este enfrentamiento recibió el nombre de la querella de las mujeres. En general las mujeres que participaron en ella, defendiéndonos, fueron las antepasadas de lo que Virginia Woolf llamó "las hijas de hombres educados", mujeres que se opusieron a los padres y hermanos que les permitieron el acceso a un conocimiento que sin embargo no era útil en una sociedad que les cerraba las puertas. Fue una polémica ya que fue, ante todo, la respuesta de determinadas mujeres a obras publicadas por hombres , que atacaban furibundamente a las mujeres y/o al matrimonio. Pero sobre todo, estas primitivas feministas sostuvieron que los sexos estaban cultural e históricamente determinados y formados, es decir, que la naturaleza no era quien hacía inferiores a las mujeres. Se centraron en lo que nosotras llamaríamos hoy género. Podemos citar a muchas, y esa lista crece cada día, bástenos como ejemplos: Christine de Pisan, Mary Astell, Mary de Gournay, o Josefa Amar. (KELLY, 1984)

Sin embargo, estas mujeres, esposas, hijas y hermanas, de clérigos, comerciantes, o aristócratas, no formaron empero un movimiento. Es precisamente en la Revolución Francesa, cuando comienza a expresarse, colectivamente, la voz de las mujeres. Es en esta coyuntura cuando las mujeres, que siempre habían participado activamente en motines de subsistencias, sin abandonar su participación en acciones de lucha contra la carestía o la escasez de alimentos, empiezan a demandar el reconocimiento de sus derechos políticos, como lo están haciendo sus iguales de clase. Los cuadernos de quejas recogían las demandas de las mujeres de: acceso a la educación, la eliminación de las leyes discriminatorias e incluso se exigió el derecho a la representación en los Estados generales.

Estas primeras declaraciones colectivas en favor de los derechos políticos de las mujeres influyeron en las formuladas por los clubes republicanos de mujeres del período revolucionario. Estas mujeres estaban animadas por el discurso político de la Revolución Francesa que se basaba en el paradigma universal de la igualdad natural y política. Sin embargo, los debates de la Asamblea Nacional durante la Revolución negaron el acceso de las mujeres a la soberanía política; era, en definitiva, la exclusión de éstas de unos derechos supuestamente universales. Una revolucionaria, Olimpia de Gouges publicó una Declaración de derechos de la Mujer y la ciudadana (1791) en la que se denunciaba la exclusión de las mujeres de la representación política y reclamaba, con insistencia, la ciudadanía de las mujeres. De hecho, la Declaración era un calco del Contrato Social de Rousseau y de la Declaración de Derechos del Hombre de 1789. Estaba influida por los iusnaturalistas y los filósofos del pacto social y adelantaban muchos programas posteriores de mujeres. Su gran contribución fue el reconocimiento de la personalidad jurídica de las mujeres como parte integrante del pueblo soberano, la equiparación de sus derechos a los del hombre, y la reivindicación del sufragio como expresión de esa pertenencia al pueblo soberano.

Al otro lado del Canal de la Mancha, las inglesas también estaban recorriendo un camino de debate político y filosófico. En el marco de la tradición igualitarista del radicalismo político del siglo XVIII, Mary Wollstonecraft encarna, como nadie, las reivindicaciones políticas y personales del feminismo. Wollstonecraft centró su discurso y su combate en las constricciones en las que debían moverse las mujeres, la asimetría entre los sexos, que se debía no a diferencias biológicas sino a la educación y a los hábitos de socialización recibidos. Negó que las mujeres fueran inferiores a los hombres en capacidad y estableció que era el predominio del orden social definido por los hombres lo que había impedido que se expresaran libremente las capacidades femeninas. Su obra Vindicación de los derechos de la Mujer (1793) fue clave para el movimiento feminista posterior.

Tras el período revolucionario, Europa se vio inmersa en una época de reacción conservadora que repercutiría directamente en la condición social y jurídica de las mujeres. Esta reacción conservadora insistía aún más en la subordinación de la mujer al varón, y en la división de esferas, considerando el ámbito doméstico y la familia el ideal de la mujer. Sin embargo, las voces feministas no callaron del todo y de nuevo los procesos revolucionarios europeos contribuirían a la reactivación del feminismo (NASH, TAVERA, 1994).

1.4.1. Las primeras reivindicaciones

Las primeras reivindicaciones de las mujeres se centraron principalmente en los derechos económicos, educativos y políticos.

Bien como consecuencia de la pervivencia de antiguas leyes feudales, bien como resultado de la difusión de nuevas leyes (Código Napoleónico) las mujeres carecían en las sociedades europeas de capacidad económica plena. Y esto era cierto especialmente para las mujeres casadas quienes estaban totalmente sometidas a la tutela de sus maridos. No fue de extrañar pues que entre las reivindicaciones principales de las primeras feministas estuvieran el derecho a disponer libremente de sus bienes, del propio salario, por ejemplo. En algunos países la acción de las organizaciones de mujeres con la alianza de partidos políticos radicales hizo posible reformas legales como el Acta de propiedad de la Mujer casada (1882) en Inglaterra, que reconocía el derecho de estas a la propiedad y disponer libremente de sus salarios. En Finlandia, en 1878, la ley reconoció a las mujeres rurales el derecho a la mitad de la propiedad y de la herencia en el matrimonio y en 1889, las mujeres casadas pusieron disponer libremente de sus salarios. O leyes aún más tempranas en Noruega en los años 40 y 50 que permitió la igualdad hereditaria (1845), la libertad para dedicarse al comercio (1864).

En general estas reformas fueron apoyadas no solo por las organizaciones de mujeres como parte de su lucha reivindicativa sino que daban respuestas a demandas generalizadas de la sociedad europea que veía como la revolución industria y los cambios en la estructura económica había propiciado un número creciente de mujeres de clases medias en demanda de trabajo y unos cambios en las estrategias de las familias campesinas en la conservación de sus patrimonios.

Sin embargo hubo países como Francia o España donde por el contrario, a lo largo de este siglo se refuerza la legislación que sanciona la discriminación de las mujeres. El Código Napoleón (1803) y en su estela Código Civil español de 1889 disponían que la mujer casada carecía de autonomía personal y tanto sus bienes como sus ingresos eran administrados por el marido. Solo en el siglo XX se conseguirá en estos países romper la legislación discriminatoria.

Muy vinculado a lo anterior fue la reivindicación del acceso al un trabajo digno remunerado. No era una reivindicación nueva: Christine de Pisan o Mary Wollstonecraft fueron mujeres que vivieron de su trabajo y exigieron poder desempeñar aquellos trabajos para los que estaban cualificadas. No era que las mujeres no hubieran trabajado antes, sino que en las nuevas condiciones económicas era creciente el número de mujeres que debían acceder al mercado de trabajo, y éstas eran, en número creciente, miembros de las clases medias que eran ya incapaces de proveer la seguridad económica de estas mujeres, especialmente las solteras, o que precisaban de ese trabajo para incrementar sus ingresos. Logros legales de este impulso fue la ley de libertad de profesión de Noruega de 1866, o las leyes que permiten el acceso a la enseñanza superior y al desempeño de las profesiones liberales como hemos visto más arriba. El acceso al trabajo es expresado por las feministas burguesas como liberador, en clara oposición al pensamiento marxista que habla del trabajo alienante. En realidad las obreras no reivindicaban acceso al trabajo sino mejora de sus condiciones de trabajo: jornada de ocho horas, la denuncia de la explotación del trabajo doméstico, etc.

Señalábamos más arriba que Mary Wollstonecraft escribía que el problema de las mujeres inglesas descansaba sobre el modelo de género vigente, basado en la educación y las pautas de socialización. No es de extrañar pues que ella viera en la educación el vehículo idóneo para colocar a las mujeres en plano de igualdad con los hombres sino que además potenciaría la autonomía de las mujeres. Esas ideas, con pequeños matices en su formulación, es el horizonte desde el que el movimiento feminista en Europa en el siglo XIX y aún el XX reivindican insistentemente el derecho a la educación para las mujeres. Este es además, junto al derecho al trabajo, la piedra angular del feminismo que viene llamandose social, frente a una corriente más centrada en la igualdad política y la lucha por el sufragio. Es precisamente en este ámbito de reivindicación donde más destacó en el siglo XIX el feminismo español con figuras como Concepción Arenal, Pardo Bazán o Suceso Luengo. También los escritos de la feminista finlandesa Elizabeth Löfgren y el programa del Movimiento de Mujeres Finlandesas, sin renunciar al sufragio, veían en 1860, en el acceso a la universidad, y en una mejor formación profesional de las mujeres, los ejes básicos de sus programas políticos. Y Alessandra Gripenber escribió en 1892 que " en los países que no disfrutan de libertad política y, donde incluso está restringido el sufragio masculino, hay que centrarse en las cuestiones que conciernen a la enseñanza superior, la preparación profesional y la ilustración general de la mujer" (EVANS, 1978).

1.4.2. La lucha por el sufragio

Las sufragistas son una imagen clara de nuestro pasado y del feminismo del siglo XIX y comienzos del XX, especialmente la acción directa de un sector de las sufragistas británicas. En realidad la reivindicación del voto femenino fue una de las causas principales de movilización de las mujeres. Esto era así porque las feministas pensaban que el voto les daría acceso a los centros de decisión políticos y les permitiría elaborar leyes que abolieran las otras desigualdades sociales. El camino hacia el voto no fue fácil y estuvo lleno de escollos y pequeñas victorias antes de acceder definitivamente al sufragio.

Las sufragistas británicas, las más conocidas, fueron de las más activas y de las que más radicalizaron su discurso en los años finales del siglo y comienzos del XX. de hecho el sufragismo británico se dividió entre una línea moderada y otra radical. La primera, organizada en la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, lideradas por Millicent Fawcett, se dedicaba a la propaganda política y convocaban mítines y campañas de persuasión, dentro de la más estricta legalidad. Pero cuarenta años de actividad no fueron capaces de romper la resistencia del poder por lo que a comienzos del siglo XX le nació un ala radical, las "suffragettes". Su líder Emmeline Pankhurst fundo la Unión Social y Política de las Mujeres. Su objetivo era la consecución del voto pero para ello se servía también de la acción directa. La radicalización de las sufragistas generalizó los encarcelamientos y la respuesta política (huelga de hambre) de éstas ante la represión creciente.

Para las investigadoras esta radicalización contribuyó a la consecución del voto femenino en Gran Bretaña, aunque no será hasta 1928 en los mismos términos que los varones. Entre 1832 año del Reform Bill que marca el inició de la agitación del sufragismo inglés hasta la consecución del voto el camino fue largo, jalonado de pequeñas victorias. Así fue posible el acceso a puestos de decisión a niveles locales como elegibles, y luego fueron votantes (1880), participaron desde mediados de siglo en los consejos escolares y hospitalarios, pero solo después de la Primera Guerra Mundial, se conseguirá el sufragio nacional, resultado de cambios de mentalidad ya presentes antes de la guerra pero sobre todo en pago a los servicios que las mujeres prestaron en la contienda (EVANS, 1978).

Los países del norte como Noruega y Finlandia son de los primeros en consagrar la igualdad política y en establecer el derecho al sufragio para las mujeres. Noruega, con un fuerte movimiento nacido en 1830, conseguiría la igualdad política enseguida. En 1910 se establece el sufragio universal y las mujeres gozan de todos sus derechos cívicos. Y desde 1912 son elegibles a casi todos los cargos del Estado. En Finlandia, la interconexión de la lucha nacional por la independencia con la lucha para la consecución del voto femenino, fué muy importante. En Finlandia, la Dieta se elige por sufragio universal de ambos sexos desde 1906, convirtiéndose así en el primer país de Europa donde las mujeres participan en las elecciones nacionales. Es cierto que los poderes de la asamblea son reducidos pero en 1907 ya incluía a diecinueve diputadas. El sistema político finlandés permitió desde el principio que las mujeres pudiesen votar a las mujeres, lo que permitió la alta representación parlamentaria de éstas.

Por el contrario en los países de herencia romana como Francia y España aún tardarán muchos años las mujeres en lograr el sufragio. Desde los años 80 del siglo XIX las francesas pudieron elegir y ser elegidas en consejos locales y de carácter educativo y asistencial pero el sufragio para la Asamblea Nacional sólo llegará después de la Segunda Guerra Mundial. La lucha fue larga, las reivindicaciones de igualdad política se retomaron con fuerza en 1848 al establecerse el sufragio universal masculino. Pero ni el ala más radical ni la más moderada conseguirán romper las barreras sociales y jurídicas que impiden el voto para las mujeres. El sufragismo no fue popular y Hubertine Auclerc no tuvo en realidad ningún éxito.

El feminismo español, que Mary Nash ha calificado de social más que político, no tuvo en la lucha por el sufragio una de sus reivindicaciones básicas, si bien es cierto que desde 1870 aproximadamente se pueden leer textos reivindicando la igualdad política plena, pero no será hasta la II República y el debate de la Constitución de 1931 cuando la reivindicación sufragista adquiera gran importancia. Esta Constitución muy democrática estableció el sufragio universal y no excluyó a las mujeres pese a las resistencias tanto de partidos de izquierda como de derecha. La diputada radical Clara Campoamor fue la defensora de la moción que incluiría el sufragio femenino en el nuevo texto constitucional, pero no estaba sola. En la calle las feministas habían creado un estado de opinión que respaldo la acción de la diputada. La derrota republicana y la dictadura franquista suprimirá el sufragio universal hasta la Constitución de 1978.

Esta resistencia del poder a la reivindicación del sufragio sólo puede entenderse si pensamos la radicalidad de su propuesta desde la mentalidad y las pautas culturales y de género del período. Es cierto que las reivindicaciones partían del propio discurso que alimentaba a las revoluciones burguesas que acabarán con el Antiguo Régimen, pero la política seguía estando reservada a los varones. El voto femenino, pese a sus fundamentos teóricos cuestionaba el orden vigente ya que implicaba la presencia femenina en la esfera pública y cuestionaba el monopolio masculino de este espacio. De hecho parecía incompatible con el discurso de la domesticidad y del orden patriarcal. Las sufragistas eran vistas como una amenaza para el hogar, para la familia y hasta que ese miedo no fue despejado, y conciliado el papel de madres con el de votantes, no fue posible que el sistema considerara a las mujeres ciudadanas. Esa conciliación se llevó a cabo sobre todo en la crisis de la I Guerra Mundial (NASH, TAVERA, 1994). (Vease 5.2.).

Algunas fechas del sufragio universal femenino ¡Error!Marcador no definido. País Fecha Reino Unido 1928 Noruega 1912 Finlandia 1906 Francia 1945 España 1931

1.4.3. Prensa y asociacionismo

Hemos venido hablando de reivindicaciones y del movimiento feminista a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, pero hemos hecho pocas referencias a dos instrumentos básicos de los que se dotan las feministas para la consecución de sus fines: la prensa y las asociaciones que suelen ir ligadas, aunque no siempre. El esquema es simple: la creación de un periódico feminista es paralelo a la creación de una asociación. Aquel es un polo de atracción y un órgano de propaganda.

Los primeros periódicos feministas conocidos provienen del medio libre pensador inglés de comienzos del XIX y de los saint-simonianos franceses. Las mujeres británicas defensoras de las reformas parlamentarias arremeten contra la tiranía de las instituciones patriarcales, una de ellas Elizabeth Sharples, editará su propio periódico Isis. Las francesas por su parte lanzan La femme libre, la Femme Nouvelle y La Tribune des femmes. Entre los periódicos que más fama e influencia van a tener debemos destacar el Englishwoman Journal (1859) que se convertirá en un polo de referencia del feminismo inglés. Pero es probablemente el periódico francés La Fronde el que ejemplifica mejor el nivel que llegó a alcanzar esta prensa. Es considerado uno de los mejores periódicos franceses de la época. Su actividad larga e influyente, sus redactoras como Caroline Rémy "Severine" o Helene See, no solo viven de su trabajo sino que son cronistas de la vida política francesa.

En fin, como señala Anne-Marie Kapelli (1993), el aprendizaje de la escritura pública anida en el corazón mismo del feminismo y demuestra ser esencial en la lucha contra el olvido y la fugacidad. Además, el grado de emancipación femenina de una sociedad y el grado de tolerancia frente al feminismo pueden leerse por la evolución de la prensa femenina.

Las asociaciones son el instrumento para focalizar esfuerzos y para desarrollar estrategias y modelos de acción política para resolver la cuestión social de las mujeres. Estos espacios de reunión fueron esporádicos en sus inicios y ligados a momentos de efervescencia política general: los clubes revolucionarios franceses, saint-simonianas de 1830 o los clubes feministas de 1848. El asociacionismo fue muy fuerte en Alemania e Inglaterra. En este último país las asociaciones nacen, desde mediados de siglo, en un clara respuesta a las políticas hostiles a las mujeres: bien luchando contra el abuso o a favor de derechos, las asociaciones son usadas para dotar de identidad a las feministas. En nombre de estas asociaciones se utiliza todo el arsenal de la expresión democrática: prensa, mítines, reuniones, manifestaciones, incluidas los congresos nacionales e internacionales. Se intensifican los intercambios y crece una red europea del feminismo. Sin embargo ésta se desarrollará en dos redes paralelas: una liberal y otra socialista cuya ruptura, sin conciliación ni alianza táctica posterior, cristalizaría en el congreso feminista internacional de Berlín de 1896. Las socialistas seguirán trabajando en el marco de la internacional.

En Finlandia las mujeres fueron muy activas en diferentes asociaciones y en los movimientos de mujeres, pero se trata, casi siempre, de asociaciones para ámbos sexos. Las mujeres fueron muy activas en el movimiento obrero luchando por el derecho al voto y también en el movimiento de atemperancia

Estas redes internacionales impulsarán la coordinación internacional de algunas acciones. Destacaremos: International Council of Women, la Internationale des Femmes con Clara Zetkin a la cabeza o la Federation Abolicioniste International de Josephine Butler, todas estas organizaciones infunden a sus miembros la conciencia de pertenencia a una corriente de opinión mundial.

1.4.4. Las corrientes del feminismo hasta 1930

Aunque el conjunto del movimiento feminista europeo hizo suya la tabla reivindicatica que hemos resumido más arriba, no es menos cierto que se priorizaron unos u otros aspectos de acuerdo con la experiencia nacional de aquellas mujeres o de las concepciones filosóficas de las que partían.

A grandes rasgos el movimiento feminista del que venimos hablando lo hemos ido diferenciando en político y social. Francesas e inglesas representan mejor al primero, es decir, al feminismo político y democrático orientado a la consecución de la integración plena de las mujeres en la polis y que tiene su más claro exponente en la lucha por el sufragio. Del segundo son ejemplos destacados paises como España o Italia donde la las feministas hicieron más hincapié en el derecho a la educación y a la mejora de las condiciones sociales.

A esta diferencia entre un feminismo político y otro social debemos unir también dos puntos de partida diferentes aunque no son reductibles a la dimensión nacional sino más bien a dos concepciones diferentes de que es "ser mujer": Por un lado hay una fuerte corriente igualitarista, que está unida a una representación de la mujer que parte pura y simplemente de la unidad de "lo humano". Su lucha se orientó hacia las reformas políticas o el más radical feminismo socialista que lucha además por la emanción general de la humanidad. Por otro hay toda una línea que hace hincapié en la diferencia de género, es llamada dualista, que, aunque no olvida la igualdad con los hombres, insiste en estas diferencias. Esta ùltima corriente sitúa a la maternidad como papel vertebrador ya que define a las mujeres física y psiquicamente. Este feminismo "maternal" será acogido como vía de proyección de las mujeres en el conjunto de la sociedad.

1.4.5. El feminismo de los años 60

La consecución del voto y todas las reformas que trajo consigo parecían haber deshecho el movimiento reivindicativo de las mujeres. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial la igualdad legal parecía un hecho, sin embargo algo debía andar mal cuando iba a estallar de nuevo el movimiento y con gran fuerza en los años 60 del siglo XX.

La primera expresión de ese malestar y de detección de la opresión en la época de la igualdad legal fue el libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo (1949). El otro hito que debemos recordar aunque fuera de nuestro ámbito territorial pero no por ello menos influyente, fue La mística de la feminidad (1963) de Betty Friedan que denunciaba el malestar cultural de las mujeres estadounidenses. Una y otra destacarán cómo el control social informal había sido muy eficaz al hegemonizar un modelo de género que identifica a la mujer como madre y esposa; este modelo cercena toda posibilidad de realización personal y culpabiliza a aquellas que no son felices en ese proyecto de vida.

Estos textos recogieron el sentir de miles de mujeres que en una sociedad en apariencia feliz, se sentían discriminadas y oprimidas. Los años 60 en toda Europa puso en evidencia a un sistema político y social que tiene su legitimación en la universalidad de sus principios pero que es sexista, racista e imperialista. Esta contestación política daría origen a movimientos políticos de marcado carácter contracultural. El neofeminismo nace precisamente en ese marco (MIGUEL, 1995).

Este feminismo emprendió una lucha larga por la consecución de reformas legales que paliaran desigualdades significativas en la educación: el acceso masivo a los estudios universitarios; o en el trabajo como la diferencia salarial; el acceso al voto en aquellos países donde aún no había. En general las mujeres reivindicaron en condiciones de igualdad con los varones el acceso a todos los ámbitos y niveles de la actividad humana. Estas reivindicaciones tendrían su concreción en medidas legislativas a todo lo largo de Europa desde los año 70 que garantizaban la igualdad ante la ley, la igualdad en las actividades económicas, etc. Finalmente pondrían las bases para las políticas de acción positiva.

En Finlandia, en los años 60-70 no existió un fuerte movimiento de neofeminismo, pero si una asociación para la igualdad -en que participaron tanto mujeres como hombres- que fué la base de las politicas estatales de igualdad.

Pero para el conjunto de la sociedad lo que más llamó la atención de la actividad feminista de estos años fue todo un conjunto de acciones orientadas a combatir la opresión generada en el ámbito de la familia, el matrimonio y la sexualidad. Era donde más y mejor se cuestionaba el orden vigente y por eso mismo fueron combatidas de manera más significativa por los poderes políticos o las instituciones conservadoras. Las feministas teorizaron con las herramientas del marxismo y el psicoanálisis las relaciones de poder dentro de la familia y la sexualidad, esta revolución de la teoría política se sintetizaría en el slogan " lo personal es político".

La amplitud de esta crítica se concretó en acciones y defensa de reformas legislativas concretas como fueron las leyes sobre el divorcio o las leyes reguladoras del aborto, o mucho más tarde contra el acoso sexual; o los cambios de mentalidad en cuanto a la violencia sexista dentro y fuera del matrimonio.

Pero si la acción política de un amplio número de mujeres y la lucha por reformas ha sido importante, más lo ha sido la contribución del neofeminismo a la critica del orden patriarcal y a la construcción de una teoría feminista que nos permita nombrar el mundo desde nosotras. Las feministas acuñaron conceptos fundamentales como patriarcado, género o acoso sexual. En el orden político significó su constitución como sujeto político autónomo y el reconocimiento de la necesidad de separarse de los varones en la acción política de las mujeres. Así nació el Movimiento de Liberación de la Mujer. Las diferencias en como se produciría esta separación sería el origen del debate sobre la única o doble militancia, y la primera escisión del nuevo feminismo entre las feministas vinculadas a partidos políticos y aquellas que no lo estaban, las llamadas independientes.

Las primeras hacían derivar la opresión de las mujeres de la estructura político-social, del Sistema, y estaban vinculadas a partidos de izquierda y organizaciones sindicales. Las "políticas", como las denostó el feminismo radical, dieron al movimiento su experiencia político-organizativa, condición del éxito organizativo del movimiento en aquellos años. Además nunca perdieron de vista la diversa experiencia de las mujeres de acuerdo con su posición de clase. Estas contribuciones al feminismo no nos pueden hacer olvidar las contradicciones que sufrían en el marco de unas estrategias que las ocultaban o postergaban.

Las segundas, conocidas como feministas radicales (ellas se llamaban a si mismas las feministas), estuvieron en contra de subordinar la acción de las mujeres a la estrategia de los partidos de izquierda. No eran anti-izquierda pero sí muy críticas con el recalcitrante sexismo y la postergación de la problemática de las mujeres a la consecución de los fines políticos generales. Estas feministas señalaron la común opresión de las mujeres, impulsaron la creación de grupos de autoconciencia, y un fuerte igualitarismo en su estilo de trabajo. Este último llevado a sus últimas consecuencias fue paralizante pues negaba cualquier posibilidad de organización. A finales de los 70 y comienzo de los 80 estas dos tendencias parecen evolucionar hacia lo que hemos denominado el feminismo de la igualdad y de la diferencia. En aquellos años ello representaba poner el acento en la superación de los géneros, el primero, y afianzarse en las diferencias sexuales el segundo.

Las diferencias en el seno del movimiento feminista no han cesado pero la atemperación de algunas posturas radicales y la creciente presencia de mujeres, pero sobre todo de mujeres feministas, en los partidos políticos o en las instituciones, unido al reconocimiento de la diversidad de experiencias y de caminos, ha transformado el panorama político del feminismo, que tal vez no sea tan deslumbrante en sus manifestaciones pero que es un amplio movimiento que ha penetrado la vida de las mujeres y los hombres y que han hecho posibles cambios legislativos y de mentalidad irreversibles (BIRRIEL, 1994). (Vease 5.3.)