Las mujeres y la Historia de Europa

1.2 El trabajo asalariado femenino

Aunque la historia tradicional ha querido ver siempre a las mujeres dentro de los muros de la casa, lo cierto es que las mujeres han tenido una presencia activa en las ciudades como trabajadoras. Aunque no en toda Europa las ciudades han tenido la misma importancia. recordemos que en los Paises nordicos, sobre todo Finlandia y Noruega, fueron paises muy rurales con pocas profesiones ciudadanas. En los inicios de la ciudad ya trabajan en ella las mujeres. La primera representación de una ciudad plasmada en los primeros frescos micénicos: mujeres como porteadoras de agua.

Desde entonces la mayoría de las mujeres, las de las clases medias y bajas, ocupaban las calles, plazas y otros centros de las ciudades por razones de carácter laboral. En las ciudades europeas, tanto en la Antigüedad como en las que se constituyen a partir de la Edad Media, y hasta bien entrado el s. XX, ha habido lugares frecuentados sobre todo por las mujeres que se convirtieron en los espacios, por excelencia, de sociabilidad femenina.

Habría que destacar, en primer lugar, las fuentes, uno de los lugares unido al colectivo de las mujeres. La recogida del agua es una de las tareas femeninas desde el comienzo de la vida urbana. Hay que señalar el carácter colectivo de la actividad en torno al agua. La fuente significa para las mujeres lo que la plaza pública para los hombres, un lugar de encuentro en el que intercambiar opiniones y noticias. Es un lugar público, pero mayoritariamente femenino y, por ello, ligado al trabajo. En el mismo sentido habría que analizar los lavaderos o los talleres de hilado y tejido. (MARTINEZ LOPEZ, 1995a; 14-19)

Mientras que los varones tienen el agora, el foro, el ayuntamiento o el casino para relacionarse, la sociabilidad femenina, de forma mayoritaria, está relacionada con un trabajo exterior a su vivienda que supone, en la práctica, una prolongación del trabajo doméstico, pero que les permite el contacto con las demás mujeres de la ciudad, hablar y compartir las noticias y sentimientos.

Otro de los espacios públicos relacionados con el trabajo de las mujeres es el mercado, donde regentan sus puestos de verduras, aves, etc. como vendedoras de los productos del campo, que ellas mismas cultivan, cuidan y elaboran. Esta práctica es una constante que se ha mantenido desde la Antigüedad a lo largo de la historia de las ciudades occidentales. Los mercados, con mujeres vendedoras, compradoras, mujeres de las clases menos favorecidas y, en ocasiones de las clases altas, son un lugar de trabajo pero también de encuentro e información de las mujeres. (MARTINEZ LOPEZ, 1995b; 41-54)

Pero adem·s de estos trabajos que desempeÒan las mujeres en el espacio urbano, hay que hacer menciÛn especial a su participaciÛn en los talleres artesanales y en las actividades de ellos derivadas, ligadas al florecimiento de las ciudades medievales. En Italia, Inglaterra, Francia, Holanda, etc. Las mujeres impulsan numerosas actividades e, incluso, algunos oficios son exclusivamente femeninos. El Livre des mÈtiers de …tienne Boileau, en el s. XIII, seÒala como femeninos los oficios cuya materia prima sea la seda y el oro, es decir, dos de las materias m·s apreciadas y buscadas de la Època. Otro oficio exclusivamente de mujeres hasta los siglos XVII-XVIII fué el de partera o matrona (MARLAND, 1993). Los archivos de ParÌs de finales del s. XIII y principios del XIV citan quince oficios exclusivamente femeninos, entre ellos los de batidoras de oro, batidoras de seda, batidoras de estaÒo, sombrereras de seda, hacedoras de sombreros de oro, urdidoras, cardadoras, etc. Adem·s desempeÒan otros oficios en competencia con los hombres, por ejemplo la costura de ropa blanca. En cuanto a los dem·s oficios en los que podÌan participar por igual mujeres y hombres, su n?mero se eleva significativamente. En Francfort, entre los siglos XIV y XVI, las mujeres participaban en alrededor de 201 ocupaciones, de las cuales monopolizaban 65, predominaban en 17 e igualaban en n?mero a los hombres en 38 (KING, 1993; 91). En Estrasburgo, en el s. XV, las mujeres figuran en las listas de trabajo como herreras, orfebres, carretoneras, comerciantes de granos, jardineras, costureras y toneleras. M·s de una tercera parte de los tejedores de la ciudad que aparecen en una lista de 1434 son mujeres. En Gante, en el s. XIV, las mujeres abundan entre los cobradores, prestamistas, hoteleros, etc. (KING, 1993; 93)

De todos modos en muchas ciudades no es bien vista la presencia femenina en ciertos oficios, y para impedirla, cerraron su acceso a muchos de los gremios. Así en Inglaterra las mujeres eran admitidas en un gremio en raras ocasiones, generalmente cuando era la esposa o la viuda del maestro artesano. Sin embargo en muchas ciudades francesas no sólo trabajan sino que crean sus propias corporaciones o gremios donde, como en los masculinos, hay aprendizas, obreras y maestras, y tienen sus propios reglamentos. Curiosamente éstos indican que en caso de problemas las mujeres, aunque estén casadas, deben asumir por sí solas toda la responsabilidad:

«Cualquier mujer que tenga marido y ejerza un oficio dentro de la ciudad, en el cual no intervenga su marido, deberá ser considerada como mujer sola en lo relativo a aquellas cosas que pertenezcan a su oficio. Y si surgiese una querella en contra de la mujer, ella deberá responder y hacer su alegato como mujer sola, aceptando la ley y tomando su defensa en la Corte mediante alegato o para su descargo..» (Reglamento de Lincoln citado en POWER, 1979; 73-74)

Este tipo de normas se encuentran en muchas ciudades europeas, tanto francesas, inglesas u holandesas.

Es a partir del s. XVI, aunque con diferencias según los países, cuando las mujeres comienzan a ser desplazadas de algunos de los oficios que tradicionalmente habían desempeñado. Son expulsadas de los gremios y encuentran cada vez más dificultades para encontrar un trabajo en los talleres. Las condiciones laborales de las mujeres irán empeorando progresivamente a medida que nos adentramos en la Edad Moderna, conservando sólo las tareas más ingratas, peor remuneradas y con menor prestigio. En el s. XVII con la protoindustrialización se consolidan estas tendencias que desplazan a las mujeres a los sectores productivos más marginales.

Por último, una actividad que ocupa un espacio público importante desde la Antigüedad y a lo largo de la Historia, son los espacios urbanos dedicados al ejercicio de la prostitución.

En las ciudades, desde su inicio, hay lugares dedicados al ejercicio de la prostitución. Estos barrios solían desarrollarse en las inmediaciones del agora, del foro, de la plaza pública. En Atenas estaban cerca del Cerámico, el barrio próximo al agora; en Roma se ejercía cerca del foro, es decir, los lugares frecuentados por los varones. En las ciudades medievales en torno a los lugares frecuentados por los varones, es decir, los mercados y los lugares de reunión política. La organización de la prostitución es, por otra parte, compleja, lo que se refleja en la diversidad de edificios utilizados a tal efecto, desde casas perfectamente equipadas para una prostitución de alto nivel, hasta los pequeños e insalubres habitáculos de los barrios de prostitutas pobres, o el ejercicio individual en los espacios y calles públicas (arcos, soportales, etc).

1.2.1. Nuevo orden económico y trabajo de las mujeres en los siglos XIX y XX

Una de las consecuencias principales del proceso de industrialización que tiene lugar, según países europeos, entre los siglos XVIII y XX, es la desaparición de la familia como unidad de producción, la separación entre trabajo reproductivo y productivo y el desplazamiento del lugar del trabajo productivo desde el hogar al taller o la fábrica. El trabajo a cambio de un salario, propio del nuevo sistema económico, no modificó en un primer momento, sin embargo, la participación de todos los miembros de la familia, adultos y niños, varones y mujeres, en el proceso productivo tal como era habitual en los siglos anteriores (BORDERIAS, CARRASCO, ALEMANY, 1994).

El nuevo orden económico generó enseguida formas de segregación sexual en la actividad laboral que se concretó, por una parte, en la adscripción exclusivamente femenina a las tareas reproductivas y, por otra, en la adjudicación de género a las actividades productivas (masculinas la mayoría, femeninas las menos), y al precio de la fuerza de trabajo, más barato el de las mujeres que el de los varones.

La identificación del trabajo femenino con ciertos empleos y con mano de obra barata se institucionaliza y formaliza a lo largo del siglo XIX, gracias a los discursos que generan reformadores sociales, médicos y legisladores. A través de ellos se naturalizan las relaciones entre los sexos, sancionando el orden social, al que dan forma y sentido. (SCOTT, 1993) Un orden que sólo se quiebra, coyunturalmente, en situaciones de penuria de mano de obra masculina, como sucede en las guerras.

A mediados del siglo XIX vienen a coincidir en los argumentos básicos de tratadistas ingleses (Adam Smith) y franceses (Jean Baptiste Say) (SCOTT, 1993; TILLY, SCOTT, 1987):

  • a) Los salarios de los varones deben ser suficientes para mantener a sus familias, lo cual, no sólo concedía más valor a su trabajo, sino que otorgaba al varón el estatus de creador de valor en la familia y de responsable, en última instancia, de la reproducción. (Vease 2.2.)
  • b) Las mujeres quedan reducidas a la categoría de esposas dependientes de sus maridos trabajadores; se las considera menos productivas y mano de obra barata.

Un discurso secundado por médicos, educadores y legisladores que conforman un ideal de mujer ama de casa, madre y educadora de sus hijos, que resulta extremadamente útil en un momento de expansión industrial, en el que las tasas de natalidad y mortalidad infantil han disminuido, los salarios de los trabajadores han aumentando y el modelo de economía familiar de consumo se ha impuesto.

Este ideal de mujer ama de casa tampoco es el mismo para todos los paises. En Finlandia, un país más rural con poca burguesía y clase media, las familias rurales construyen otro ideal de mujer basado en aquella que trabaja en casa pero también en el campo.

A lo largo del proceso de industrialización la actividad productora de las mujeres, no experimentó un crecimiento paralelo al de los varones, sino que responde a ritmos que se repiten aún a pesar de las diferencias nacionales: más elevada en los inicios, en la fase de transición de la economía doméstica a la industrial; disminuye en los momentos de expansión industrial y vuelve a aumentar a medida que se desarrolla el sector terciario.

Por áreas de actividad, la industria textil ha concentrado en toda Europa la mano de obra femenina del sector secundario, beneficiándose así en su expansión de los bajos salarios que se pagaban a las mujeres. Otro tanto sucedió en España y Finlandia con las fábricas de tabaco, en las que las cigarreras constituían la mano de obra casi exclusiva. Fuera de la industria, la agricultura (sobre todo en el continente) y el servicio doméstico reunían la mayor parte de la población activa femenina en el XIX. La gran mayoría de las trabajadoras, sin embargo, se empleaba en áreas más tradicionales: en mercados, tiendas, vendiendo por la calle, transportando mercancías, lavando, cosiendo, hacían flores artificiales, orfebrería o prendas de vestir.

En Inglaterra, el primer país industrial, en 1861 el 40% de las mujeres empleadas trabajaban en el servicio doméstico y el 20% en la industria textil. En España, 1860, las proporciones eran similares para el servicio doméstico. Referente a la industria textil, en 1841 las hilaturas catalanas empleaban igual número de mujeres que de hombres (en torno a 32.000) y a 17.000 niños y niñas. En Finlandia, a finales del XIX el 29% de la población activa femenina se concentraba en el servicio doméstico y un 7% en la industria. De estas, el 46 % estaban empleadas en el sector textil y un 12% en fábricas de tabaco (CAPEL, 1986; MANNINEN, 1990).

Una característica común a todos los países europeos es el hecho de que las trabajadoras asalariadas han sido mayoritariamente jóvenes y solteras tanto en el siglo XIX como a comienzos del XX, por ejemplo en Finlandia, a finales del siglo XIX, el 79% de trabajadoras industriales eran solteras y con una edad media de 27-28 años. Este hecho no tiene explicación unívoca ya que es resultado de variadas estrategias frmeninas, personales y familiares.

A finales del siglo XIX las condiciones de trabajo en la industria comienzan a ser reguladas por las empresas y los estados atendiendo tanto a las reivindicaciones de los sindicatos de clase como a los intereses económicos de la propia industria. En Finlandia fueron las obreras las que lucharon por la regulación de sus condiciones de trabajo. .Las primeras regulaciones de las condiciones de trabajo afectaron a las mujeres y niños, sector minoritario dentro de la actividad industrial, pero a los que se consideraba, de forma siempre conjunta, más vulnerables y necesitados de protección.

Estas normas especiales se justificaban por razones físicas, morales, prácticas y políticas, que establecían la debilidad de su organismo, lo nocivo del trabajo sobre su capacidad procreadora, las repercusiones sobre el cuidado de su familia, su exposición a agresiones sexuales en las salidas nocturnas, la corrupción moral del contacto laboral con varones etc... En consecuencia, las normas regulaban diversos aspectos de la vida de las mujeres como la jornada de trabajo, la asistencia médica, el subsidio por embarazo, garantizaban una hora de lactancia y prohibían ciertos trabajos para las mujeres, incluido el trabajo nocturno.

Pero, contradictoriamente, estas normas solo eran aplicables a las mujeres que trabajaban en la industria y no a las que trabajaban en el campo y sector servicios, que constituían, precisamente, las principales fuentes del trabajo femenino. Como consecuencia, durante muchos años, más allá de mejorar las condiciones de las trabajadoras, sirvieron para avalar la segregación en función del sexo y justificar las diferencias de remuneración y de status, siempre inferiores para las mujeres (SCOTT, 1993; CAPEL, 1986; NASH, 1993). (Vease 4.2.2.)

Dentro del sector servicios, a comienzos del XX se aprecia un desplazamiento del trabajo desde el servicio doméstico a los empleos de cuello blanco (secretarias, dactilógrafas, archiveras, vendedoras de sellos, telegrafistas y telefonistas, maestras, enfermeras, trabajadoras sociales...), muchos de ellos ocupaciones de nueva creación que continuaban la tradición de la mujer asalariada en empleos no productivos. En general son actividades que se configuran desde el principio como empleo barato y, por tanto, femenino. En Francia, hacia 1906 las mujeres constituían más del 40% de la fuerza de trabajo en este sector (TILLY, SCOTT, 1989; MANNINEN, 1990; BORDERIAS et. al. 1994).

La mayor parte de los trabajos de cuello blanco se nutren de mujeres pertenecientes a las clases medias, un grupo social relativamente nuevo entre la fuerza de trabajo. Aunque son una minoría entre las mujeres trabajadoras, su procedencia social y sus aspiraciones de independencia económica las hacen más visibles; además, su presencia resulta más amenazante que la de las obreras no cualificadas y las convierte en protagonistas principales de los discursos de la domesticidad, que abogan por la constitución de una familia como único proyecto de vida femenino y que definen la cualidad de madre y esposa como la base de una identidad propia.

Más allá de los límites de estos trabajos femeninos, un número cada vez más elevado de mujeres se plantean desde finales del siglo XIX el acceso a los sectores profesionales más cualificados, los de las profesiones de formación universitaria y profesiones liberales. A comienzos del siglo XX, los crecientes niveles de escolarización, el aumento de la edad de matrimonio, la situación demográfica resultado de los conflictos bélicos y el aumento de las clases medias, favorecen el acceso de mujeres jóvenes a estudios superiores y, como consecuencia, a niveles profesionales de mayor cualificación y estatus social. En ello juegan un papel activo la lucha de las mujeres por su participación en la vida pública, su acceso a la ciudadanía, las propias necesidades del capitalismo y del nuevo mercado laboral, y la educación como forma de acceso a un trabajo mejor cualificado.

El resultado es que los nuevos oficios para mujeres se revelan como un campo demasiado limitado y se inicia el proceso de incorporación a las profesiones hasta entonces masculinas. Profesión entendida como un tipo de ocupación que se basa en un periodo de formación específica y en la posesión de un monopolio sobre el ejercicio del propio trabajo. Un monopolio construido a lo largo de procesos históricos más o menos largos en los que el género, y más concretamente la exclusión de las mujeres, jugó un papel importante como mecanismo de persuasión social. (Vease 2.6.)

Una de las primeras profesiones de formación universitaria a la que acceden las mujeres en el siglo XIX es a la medicina, en medio de tremendas resistencias en la mayoría de países de Europa (BONNER, 1992). La controversia generada reforzó desde sectores médicos mayoritarios la falsa idea de la incapacidad biológica femenina, adaptando a los tiempos el viejo discurso científico que a lo largo de los siglos ha operado naturalizando las relaciones sociales (ORTIZ, 1993).

Ello ejerció sin duda un papel clave en la organización de las profesiones y ocupaciones sanitarias, que acabarán constituyéndose a lo largo del siglo XX en uno de los subsectores laborales más feminizados después del servicio doméstico y por encima, incluso, de la docencia, otra de las actividades cualificadas donde las mujeres han sido mayoría (RISKA, WEGAR, 1993).

Una mirada al sector sanitario desde una perspectiva de género, permite ejemplificar bastante bien las políticas sexuales que han tenido lugar dentro de la actividad profesional y la importancia de tales políticas en la organización actual del sistema, en el que la segregación sexual y la discriminación de las mujeres, abierta o implícita, han sido la norma.

Bajo el término de profesiones sanitarias englobamos a todas aquellas que desarrollan un actividad de algún modo relacionada con la salud de las personas, como es el caso de la matronería, enfermería, fisioterapia, medicina, farmacia, odontología o veterinaria. En todos los países europeos la participación en ellas de las mujeres va ascendiendo a lo largo del siglo XX hasta situarse en un 70% en los años veinte o treinta, un porcentaje que continuará en aumento hasta el momento presente. Pero como sucede para el conjunto de la actividad laboral remunerada, la participación femenina en estas profesiones está marcada por dos procesos que han coexistido en el tiempo: su exclusión durante siglos de las más cualificadas (medicina, farmacia, odontología, veterinaria) y su segregación laboral en el resto, una segregación que ha funcionado no sólo limitándolas a otras profesiones (enfermería o matronería) que son marcadas como femeninas, sino generando espacios dentro de las de tradición masculina en forma de especialidades o tipos de práctica. En este sentido, es general en toda Europa, por ejemplo, la concentración de médicas en las especialidades de pediatría, laboratorio o medicina de familia, en tanto que las especialidades quirúrgicas o la cardiología, han sido exclusivas de varones hasta hace pocos años (ORTIZ, 1987; RISKA, WEGAR, 1993).

Esta política de géneros ha marcado la identidad o la esencia de las profesiones atribuyéndoles los valores culturalmente asociados a los géneros y creando un sistema conceptual de tradición secular que ha dificultado, y lo hace todavía hoy, la participación de las mujeres en igualdad. (Vease 2.6.1.)