Las mujeres y la Historia de Europa

1 Introducción

Este capítulo sobre las mujeres y la historia de Europa se inscribe en la corriente de Historia de las mujeres que se ha venido caracterizando por un enfoque privilegiado hacia las protagonistas femeninas del proceso histórico, pero cuya pretensión va más allá: dar identidad sexual a la historia.

La Historia de las mujeres surge en los años sesenta en íntima relación con el feminismo contemporáneo. En esos primeros años los centros de atención girán en torno al estudio de los orígenes y causas de la posición subordinada de las mujeres en la sociedad y al por qué de dicha situación que parecía perpetuarse a lo largo de la historia. Tras un periodo de aportaciones historiográficas de tipo contributivo que ponían de relieve las formas de opresión y reacción de las mujeres, la Historia de las mujeres entró en una fase de renovación metodológica y conceptual vinculada, por un lado, al desarrollo de las teorías feministas contemporáneas y, por otro, a la Historia Social. De esta forma, en los años setenta, se consolida como rama autónoma de las disciplinas históricas gracias al esfuerzo de conceptualización y metodológico de profesionales como Gerda Lerner, Natalie Zemon Davies, Renata Bridenthal y Carrol Smith-Rosenberg, entre otras (NASH, 1982; 22).

Hasta hace muy poco gran parte de los historiadores, y también historiadoras, han parecido ignorar que las sociedades estudiadas estaban divididas, además de en etnias, clases, naciones, religiones o edades, por algo que las atraviesa a todas: sexos. Y es que, el individuo social estudiado se ha presentado como neutro, asexuado. Esta exclusión viene determinada porque en la concepción positivista e historicista del proceso histórico las mujeres no aportan nada al mismo. Tampoco la historiografía marxista, en la medida en que se ha centrado en la división en clases sociales, se ha ocupado de las mujeres como grupo social diferenciable del de los varones que atraviesa a todas las clases sociales. No obstante no podemos negar a ésta la aportación de algunos instrumentos que han servido a nuestro análisis (explotación, opresión, alienación, liberación...)

Algunos principios como el "carácter político de lo privado" y "el sexo como categoría social", han llevado a las historiadoras de las mujeres a debatir, entre otras, cuestiones como la mayor o menor pertinencia de considerar una "cultura femenina" -que, si bien sirve al reconocimiento de la especificidad, corre el peligro de hacer olvidar las significaciones simbólicas en que se ha basado la subordinacición de las mujeres-; la redefinición del feminismo desde su diversidad y la de las periodizaciones tradicionales en consonancia con la experiencia histórica de las mujeres (PERROT, 1984; ROSSANDA, 1984; ADINOLFI, 1980; IRIGARAY, 1992; FOLGUERA, 1982)

Estas historiadoras se cuestionan algunos supuestos básicos de la historiografía tradicional y se produce ese paso que señala Stimpson (En BRAIDOTTI, 1991;11) para el desarrollo de la teoría feminista contemporánea, y que caracteriza a los Estudios de las Mujeres: la redefinición de lo universal desde la perspectiva del género.

La Historia de las mujeres no pretende ser la historia solo de media humanidad porque concierne tanto a varones como a mujeres. Por ello, en los últimos años, las historiadoras feministas hemos comenzado a utilizar el concepto "género" para referirnos a la organización social de las relaciones entre los sexos, conscientes de la necesidad de introducir categorías analíticas nuevas y propiciar cambios metodológicos que transformen los paradigmas históricos tradicionales. Género hace referencia a la construcción cultural derivada de la sexuación. "Categoría cultural impuesta sobre un cuerpo sexuado" (SCOTT, 1990;28)

Toda Historia de las mujeres y del género es Historia social, siempre que ésta no se entienda de forma restringida como historia de la sociedad determinada por la estructura de clase, pero no puede equipararse ni supeditarse a ella. Porque aunque la Historia de las mujeres se ocupa también de las clases éstas no funciona igual para varones que para mujeres y, por tanto, su experiencia de clase es distinta; la Historia social se ha visto removida por estos planteamientos.

Al mismo tiempo, la nueva historia de las mujeres requiere de un análisis de la relación no sólo entre "experiencia masculina y femenina en el pasado, sino también la conexión entre la historia pasada y la práctica histórica actual" (SCOTT, 1990;27)

La perspectiva histórica que presentamos pretende recoger algunas parcelas que puedan explicar aspectos importantes de la vida de las mujeres en Europa y, por tanto, de la Historia de Europa. Es feminista en tanto que parte de una perspectiva igualitaria y está marcada por los efectos de los feminismos contemporáneos en el campo del conocimiento -es el movimiento de mujeres el que se interroga sobre su pasado y su futuro y, en consecuencia, nos introduce en el terreno de la historia- pero no renunciamos a que sea plural y es por esto que no hablamos solo de las conquistas femeninas sino de aquellos aspectos de la historia de las mujeres que consideramos más elocuentes para comprender la evolución del sistema de géneros.

Nuestra reflexión parte de las condiciones de vida y de trabajo de las mujeres europeas a lo largo de la historia considerando tanto las actividades realizadas en el ámbito doméstico como, fundamentalmente, su incorporación al trabajo asalariado y a la educación, en el mundo contemporáneo. Pensamos que son precisamente estos dos últimos factores los que permiten y sientan las bases del movimiento organizado de las mujeres europeas que se reivindicaran como ciudadanas y, en consecuencia, demandarán los derechos -hasta entonces privilegio de varones- de los que ven’an siendo excluidas. Este movimiento es responsable de los profundos cambios acaecidos en la Europa del siglo XX en el orden político, social, cultural y económico que están generando una nueva configuración de los modelos de género.

El pasado de las mujeres europeas es, sin duda, muy variado, ligado a culturas y procesos socio-políticos diversos, pero, el hecho de que sean los aspectos de nuestra convergencia presente los que nos mueven a rastrear nuestro pasado, hace que nuestra historia focalice más lo común entre nosotras, el hecho de ser mujeres, que las divergencias fruto de nuestra pertenencia a una nacion o cultura.

 

1.1. El trabajo de las mujeres en el ámbito doméstico.

Las actividades productivas de las mujeres desde los albores de la historia de Europa han sido fundamentales para el mantenimiento y desarrollo de los núcleos familiares y las comunidades respectivas. Una parte importante de estas actividades se ha centrado en el ámbito doméstico en donde se han producido objetos y alimentos, y donde se ha reproducido la fuerza de trabajo. La elaboración del alimento, la fabricación del vestido y de instrumentos de trabajo, el acarreo del agua, la recogida de leña, el mantenimiento del fuego, el cuidado de los animales domésticos, la venta en los mercados locales de los productos de campo o por ellas elaborados, el cuidado de las personas, la crianza de los hijos, la preparación y administración de remedios y medicinas, la limpieza del entorno, etc. constituyen tareas productivas sin las cuales no puede reproducirse ni prosperar ningún grupo humano. Estas circunstancias tienen especial incidencia en las sociedades precapitalistas, donde producción y parentesco están profundamente imbricados. En esas circunstancias la mayoría de las mujeres era explotada, a la vez, en su trabajo y en su capacidad de reproducción, y el producto de su trabajo y de su cuerpo era controlado por el marido, el padre, el tutor o el patrono. La gestión y dirección estaban, por lo general, en manos de varones, a través del vínculo marital, parental o de dependencia, reforzado por la posición pública y política de los varones.

Han sido las mujeres las encargadas de mantener y reproducir a lo largo de toda la historia estas unidades domésticas con su trabajo, su tiempo y sus capacidades. Ahora bien el trabajo de las mujeres en el ámbito doméstico no ha sido considerado como tal, sino como una parte fundamental de su «virtud» como mujeres. Su "virtud" ha sido fundamental para la familia. Su "virtud" ha sido clave para el bienestar de la "sociedad" (Vease 2.7.)

Ya en las sociedades antiguas, cuando se formulan las primeras teorizaciones sobre los patrones de género, se encuentra claramente expuesta esta valoración del trabajo de las mujeres como «virtud», y, por tanto, como algo atribuido por «su naturaleza» a las mujeres. Es significativo que los primeros tratados sobre economía especifiquen claramente las tareas femeninas como algo propio de su naturaleza. Estos planteamientos argumentados en el pensamiento clásico griego, son recogidos más tarde por los escritores romanos. Así Columela, en el siglo I se hace eco de este pensamiento:

"... la naturaleza ha destinado el trabajo de la mujer para el cuidado doméstico, y el del marido para los ejercicios forenses y para los exteriores...Casi todo el trabajo doméstico fue peculiar de las mujeres, como si los padres de familia, al volver a sus casas a descansar de los negocios forenses, desecharan todos los trabajos caseros...La esposa..ponía mucho empeño en aumentar y mejorar por su cuidado los bienes de su marido...ambos colaboraban a beneficiar el caudal común, de suerte que la exactitud de la mujer en las cosas de la casa era igual a la industria del marido en los negocios forenses".(Columela, De re rustica, 12, pref.)

Y esa exactitud de las mujeres en el ejercicio de «sus tareas» no sólo se consideraba que contribuía al buen funcionamiento de la unidad doméstica, sino también del conjunto de la comunidad. De ahí que Aristóteles, al hablar de la política dijese que

"la licencia de las mujeres va también contra el propósito del régimen y la felicidad de la ciudad, pues de la misma manera que la casa se compone del hombre y de la mujer, es evidente que la ciudad debe considerarse dividida en dos partes aproximadamente iguales: los hombres y las mujeres; de modo que en todos aquellos regímenes en que la condición de las mujeres es mala, habrá de considerar que la mitad de la ciudad vive sin ley..."(Aristóteles, La Política. II, 1269-1270)

El trabajo doméstico de las mujeres a lo largo del tiempo se ha regido por esta doble perspectiva. De un lado la de un trabajo agotador y no reconocido, por tanto incapaz de procurar prestigio social y político; por otro el discurso sobre las bondades de dicho trabajo, su atribución a las mujeres por su propia "naturaleza", y, por tanto, el único prestigio que podían alcanzar las mujeres estaba íntimamente unido a su correcta reproducción.

En todas las épocas y en todos los países de Europa encontramos testimonios de esta doble línea. Los discursos sobre las virtudes de las mujeres están íntimamente unidos al hogar. Dice el español Fray Luis de León (s. XVI) en La perfecta casada que «su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones della.. sus pies son para rodear sus rincones.. no.. para rodear los campos y las calles». Pero también en la Europa de la Reforma se mantienen similares posiciones. Para Lutero «una mujer piadosa y temerosa de Dios es un raro beneficio... Ella alegra a su marido. Trabaja el lino y la seda, le gusta servirse de sus manos, gana la vida en la casa. Se levanta pronto en la mañana.. la noche no apaga sus facultades. Limpieza y trabajo son sus alhajas». Calvino lo dice de forma más clara y más actual «el hombre en la oficina y la mujer en la cocina». (ANDERSON, ZINSER, 1991; 271-289)

Las mujeres lo cuentan de otro modo. Una mujer de Hampshire, en 1739, describe su vida doméstica después de pasar el día trabajando como lavandera:«..nuestras tareas domésticas se suceden incesantes; para vuestra llegada al hogar nos disponemos a terminar nuestro trabajo: ordenamos la casa, cocinamos en la olla tocino y bollos, hacemos las camas y alimentamos a los cerdos; luego esperamos a la puerta para veros llegar y disponemos la mesa para vuestra cena.. A la mañana siguiente temprano nos ocupamos de vosotros, vestimos a los niños, les damos de comer, remendamos sus ropas..».

Desde nuestra perspectiva actual es indudable el valor económico y social del trabajo doméstico a lo largo de la historia, aunque haya sido invisibilizado y no reconocido como tal. Su consideración como natural y complementario del otro trabajo, el realizado por los varones, ha sido la trampa que lo ha ocultado, que ha impedido hacer una valoración adecuada del mismo, y ha contribuido a minusvalorar a las mujeres en sus expectivas sociedades.

Ha sido en el siglo XX, gracias a la reflexión del pensamiento feminista, cuando se han introducido otros criterios sobre lo que es trabajo y producción. La consideración de las actividades ligadas tradicionalmente a la reproducción de la mano de obra como productivas; la inclusión de actividades no remuneradas dentro del concepto de trabajo; la revisión del uso del tiempo, entre otros temas, ha llevado a hacer visible el trabajo de las mujeres y a darle el valor económico y social que ha tenido en sus sociedades respectivas. (Vease 2.1.)

1.1.1. Las mujeres y el trabajo en el ámbito rural

El trabajo en el campo ha aparecido casi siempre como una extensión del trabajo doméstico, y, por tanto, formando parte de la "naturaleza" de las actividades de las mujeres. Es cierto que difícilmente pueden separarse, pues como hemos indicado, producción y parentesco están íntimamente unidas en las sociedades precapitalistas, y las tareas agrícolas formaban parte integrante de la casa. De cualquier modo, dado que no son consideradas como domésticas las tareas agrícolas de los campesinos, merece la pena dedicar este apartado a su contribución a las faenas del campo como una constante en todas las sociedades europeas a lo largo del tiempo.

Una hacienda sin una mujer es impensable. Ningún hombre puede encargarse de su explotación si no tiene mujeres en su casa. En los primeros textos escritos sobre agricultura, en el s. VII a.C., ya se dice que un agricultor ha de tener buey y mujer. Las mujeres campesinas constituyen el grueso de la población femenina desde la Antigüedad hasta el s. XIX, y en algunas zonas de Europa hasta bien entrado el s. XX. Ellas son las hijas y las mujeres de los pequeños y medianos campesinos, de los siervos, de los labriegos o de los jornaleros. Pero también son esclavas, en aquellas sociedades donde existe los esclavos trabajan la tierra, y jornaleras allí donde se emplea trabajo asalariado barato.

El trabajo de las mujeres es duro y abarca todo tipo de faenas agrícolas. Siembran, escardan y siegan; recogen la vid y la aceituna; preparan y mantienen las herramientas de trabajo; cuidan los huertos y el ganado; ordeñan las cabras y las vacas y esquilan las ovejas; cuidan las aves domésticas; participan en la elaboración del vino, de la cerveza y del aceite; preparan la grasa que se utiliza en algunas sociedades como luz y alimento en lugar del aceite. Junto a ello hay que mencionar las tareas relacionadas con la preparación y conserva de los productos: guardar y cuidar el grano, molerlo; hacer la conserva de los productos de primavera y verano, etc. Una sirvienta de la Inglaterra rural del s. XIV se queja de su situación con estas palabras:

«Tengo que aprender a hilar, rastrillar, cardar, tejer, limpiar los conejos y, a mano, elaborar bebidas, hornear, hacer malta, cosechar, amontonar gavillas, deshierbar, ordeñar, alimentar a los cerdos y limpiar sus pocilgas..» (HANAWALT, 1986; 162)

Esta perspectiva productiva es precisamente la que se tiene en cuenta a la hora de enumerar las cualidades que deben adornar a las mujeres que estén al frente de una hacienda. Debe ser joven, aunque no demasiado, y, sobre todo, tener una salud robusta, para resistir vigilias y otros trabajos, pues, entre los matrimonios o las uniones de campesinos se valora más en la mujer su capacidad de participar en el trabajo que otros factores más relacionados con la vida personal y afectiva. Las demás cualidades también tienen alguna relación con este tema. No debe ser fea ni guapa, para que no distraiga a su marido de las faenas productivas, no debe ser glotona, ni dormilona, además de no ser supersticiosa ni gustarle los hombres.

Esta buena disposición y la capacidad física eran totalmente necesarias para poder afrontar las numerosas y diversas actividades que debían desarrollar a lo largo de todo el año.

La importancia económica de las mujeres en el medio rural hace que desde la Antigüedad se dediquen parte de los libros "Sobre agricultura" a detallar los deberes de la mujeres que están al frente de la casa, tanto las tareas permanentes como las que se corresponden, de forma particular, al propio ciclo de las estaciones. (MARTINEZ LOPEZ, 1994; 12-23)

Así, conforme la tierra se disponga a ofrecer sus frutos, las mujeres estarán prestas para extraer de los mismos la máxima rentabilidad. Por eso en primavera, cuando la tierra no está aún en su período de máxima producción, prepararán las vasijas para guardar las hortalizas, recolectarán y prepararán hierbas aromáticas para aliños, prepararán salmuera fuerte, el vinagre de vino, y comenzarán a conservar los productos más tempranos, como el aliño de las lechugas, etc. Durante el verano, cuando la cosecha de cereales, frutas y hortalizas alcanza su mejor momento, también la actividad de las mujeres se intensifica con la preparación, aliño y conserva de cebollas, peras, ciruelas; secarán peras y manzanas, higos y serbas para el invierno; pasarán uvas, harán vinagre de higo, etc.

Pero de todas estas labores habría que destacar la relacionada con la vendimia. Dice Columela que ".. no dejaremos de instruir a la casera para que tenga entendido que todo lo que se hace en la casa relativo a la vendimia está a su cargo" (COLUMELA, De re rustica, XII), y además supervisará actividades como: preparar cestos y canastillas, preparar los instrumentos, limpiar pozuelos, prensas, lagares, vasijas y la bodega: "en el tiempo de la vendimia la casera no se separa de la prensa ni de la bodega del vino, tanto para que los que sacan el mosto hagan todas las cosas con aseo y curiosidad, como para que no se dé ocasión al ladrón de robar parte del fruto" (COLUMELA, De re rustica, XII). Durante la Edad Media volvemos a encontrar la mano de obra femenina trabajando en los viñedos en países como Italia, Francia y España.

"Después de la vendimia del otoño siguen las preparaciones de las frutas de otoño, las cuales ocupan asimismo la atención de la casera..." (COLUMELA, De re rustica, XII), entre ellas conserva de membrillos, peras, manzanas, el adobo de las aceitunas verdes o los trabajos necesarios para guardar las granadas. Todos ellos imprescindibles si esa unidad doméstica quería mantener una dieta algo variada y equilibrada a lo largo del año.

Por último "..llega ya el frío del invierno durante el cual la recolección de la aceituna reclama el cuidado de la casera no menos que la vendimia .." (COLUMELA, De re rustica, XII) con unas preocupaciones y tareas similares.

Las mujeres del norte participaron de actividades productivas similares, aunque adaptada a la producción rural y recursos propios. En Finlandia la producción rural también se basó en el cultivo de cereales, en la producción de leche y en la economía forestal.

Aunque en menor grado, también encontramos a lo largo del tiempo, y en todos los países, situaciones de unidades agrícolas dirigidas por mujeres solas que tras guerras o fallecimiento del marido deben hacer frente a estas unidades. Salvo las excepciones de las clases altas, suelen ser mujeres que viven en la pobreza y que afrontan con escasos recursos el trabajo. Sirva de ejemplo una copla puesta en boca de una campesina rusa del s. XIX (Cit. en ANDERSON, ZINSER, 1991; 143)

"Y ahora que la guerra ha terminado,
sólo yo quedo con vida.
Yo soy el caballo, el buey, la esposa
y el hombre y la granja".

La propiedad y su transmisión a mujeres y hombres ha tenido variaciones según épocas y zonas europeas. Durante mucho tiempo, en muchos paises ha existido el derecho de primogenitura -como en Inglaterra y Noruega- y, a veces, las mujeres hayan sido propietarias de la tierra no tenían capacidad para disponer de dicho patrimonio. (BIRRIEL, 1992, 1993)

Con estas actividades las mujeres contribuyen de forma significativa a la economía doméstica. Es más la economía del medio rural sería impensable sin éstas. Si importante es el ciclo de producción de la tierra igualmente importante para cualquier unidad doméstica es el proceso de elaboración y transformación de los productos que tienen, como hemos visto un ciclo anual. El equilibrio alimenticio, y por tanto la reproducción del grupo dependen, en gran medida de ello. La división sexual del trabajo, en este caso valorada como natural, era fundamental para reproducir el modelo económico existente.